La persona debe estar en el centro
VER:
Mientras preparábamos una Asamblea de Acción Católica General, hablando del desarrollo de la reunión, la Presidente diocesana señaló: “Todo esto está muy bien pero, más que centrarnos en que las cosas salgan bien, debemos procurar que las personas estén a gusto, en confianza y, que puedan expresarse y compartir, que se sientan partícipes de verdad en la Asamblea y no simples espectadores”. Esta observación nos sirvió para recordar que es necesario llevar adelante correctamente y con seriedad todo lo que se hace, lo que se organiza, la misma Acción Católica General… pero que todo está al servicio de las personas, que la persona debe estar en el centro.
JUZGAR:
Aunque “lo sabemos”, también los que somos y formamos la Iglesia debemos recordar que la persona debe estar en el centro, tanto en lo que hace referencia a las vida interna de la Iglesia como en nuestro compromiso en el mundo y en la parroquia. Así lo hemos pedido en la oración colecta: has puesto la plenitud de la ley en el amor a ti y al prójimo. Y así nos lo ha recordado Jesús con esa parábola que, cuando se lee superficialmente, nos hace pensar en una injusticia en el plano laboral: los jornaleros del atardecer recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo. A nosotros nos parecería que, aunque todo sea legal (¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete), se ha producido una injusticia.
Pero como hemos escuchado en la 1ª lectura: mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes, que vuestros planes. Dios mira sobre todo a las personas, y por eso les ofrece continuamente oportunidades de acercarse a Él, sin importarle su pasado o “méritos”: Buscad al Señor mientras se le encuentra… que el malvado abandone su camino… que regrese al Señor, y él tendrá piedad… que es rico en perdón.
Para Jesús, como Hijo de Dios, la persona debe estar en el centro, y por eso no deja de convocarnos a su viña en cualquier etapa de nuestra vida, asegurándonos que Él no hará discriminaciones ni favoritismos a la hora de “pagarnos el jornal”, y por tanto tampoco nosotros debemos hacerlas: Quiero darle a este último igual que a ti… ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?
Esta pregunta de Jesús, más aún al comienzo de un nuevo curso pastoral, nos tiene que hacer reflexionar a los que somos y formamos la Iglesia acerca de lo que debemos tener muy presente en la misión que desarrollamos. Como dice el Papa Francisco en Evangelii gaudium: Nuestro compromiso no consiste exclusivamente en acciones o en programas de promoción y asistencia; lo que el Espíritu moviliza no es un desborde activista, sino ante todo una atención puesta en el otro «considerándolo como uno consigo». Esta atención amante es el inicio de una verdadera preocupación por su persona, a partir de la cual deseo buscar efectivamente su bien (199).
Si en cualquier ámbito de la vida social, política, económica… la persona debe estar en el centro de todo, más aún en el centro de la misión evangelizadora, en el centro de la parroquia. Y esto requiere un cambio de mentalidad y un cambio de actitud, como también nos recuerda el Papa: Por lo tanto, sin disminuir el valor del ideal evangélico, hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las personas que se van construyendo día a día (44). No se trata de rebajar el nivel de exigencia, sino de aprender a respetar los procesos, porque como nos recordaba San Pablo, lo importante es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo. Y esto requiere tiempo y paciencia.
ACTUAR:
En general, ¿tengo claro que la persona debe estar en el centro de todo? ¿Me he sentido llamado a trabajar en la viña? Como miembro de la Iglesia, ¿tengo esa mirada de Jesús sobre la persona concreta? ¿Pienso que no todos deberían recibir “el mismo jornal”?¿Me he sentido acompañado y comprendido en mis procesos de crecimiento y maduración en la fe? ¿Soy capaz de acompañar y comprender a otros?
Para “ser Iglesia”, para llevar una vida digna del Evangelio de Cristo, debemos poner a la persona en el centro. Como dice el Papa: Para compartir la vida con la gente y entregarnos generosamente, necesitamos reconocer también que cada persona es digna de nuestra entrega. No por su aspecto físico, por sus capacidades, por su lenguaje, por su mentalidad o por las satisfacciones que nos brinde, sino porque es obra de Dios, criatura suya. Por ello, si logro ayudar a una sola persona a vivir mejor, eso ya justifica la entrega de mi vida. Es lindo ser pueblo fiel de Dios. ¡Y alcanzamos plenitud cuando rompemos las paredes y el corazón se nos llena de rostros y de nombres! (274).