Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía del domingo XIX TO-A

¿Qué postura adoptamos?

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VER:

De pequeños, en el colegio, cuando durante la clase entraba en el aula otro profesor, el director, u otra persona adulta, nos enseñaban a ponernos en pie como señal de respeto. La postura corporal es reflejo de la postura interior que adoptamos ante determinadas personas o situaciones. Así, con alguien conocido nuestra postura es más relajada porque interiormente nos sentimos cómodos, mientras que en un ambiente extraño o ante personas con quienes no tenemos confianza solemos estar más tensos porque nos sentimos incómodos, alerta. La cabeza gacha, los hombros caídos, cierto encorvamiento, pueden ser signo de preocupación, tristeza, miedo, vergüenza…

JUZGAR:

La Palabra de Dios este domingo nos invita a reflexionar acerca de qué postura interior, pero también exterior, adoptamos ante Dios, porque esa postura refleja la imagen que tenemos de Él.

En las lecturas hemos escuchado cómo Dios se nos ha ido revelando, y cuál debe ser la postura correcta a adoptar ante Él.

En la 1ª lectura, el Señor dijo a Elías: Sal y aguarda al Señor en el monte, que el Señor va a pasar. Elías tenía una imagen de Dios fuerte, terrible, incluso violento, temible, y por eso se refugió en una gruta, no se atrevía a ponerse en su presencia. Lo mismo nos ocurre a nosotros si tenemos esa imagen de Dios: nos sentiremos temerosos, no nos atrevemos ni a acercarnos a su presencia, por miedo a Él.

En el Evangelio, los discípulos al ver a Jesús andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. A pesar de haber estado ya un tiempo con Él, no creen en su divinidad y por ella en su capacidad de hacer milagros, y creen que lo que ven es una fantasía, algo falso. Lo mismo nos puede ocurrir a nosotros: quizá llevemos mucho tiempo con Jesús, pero nos cuesta creer en su divinidad, y sólo lo vemos como verdadero hombre; lo de “verdadero Dios”, nos suena a fantasía.

También en el Evangelio hemos visto que Pedro, aunque en principio se ha fiado de Jesús, termina desconfiando y al sentir la fuerza del viento, le entró miedo y empezó a hundirse. También nosotros podemos perder la confianza inicial que hemos tenido con Jesús, y sentimos que nos hundimos cuando las olas y los vientos contrarios de la vida nos golpean.

Cuando tenemos una imagen errónea de Dios, que se nos revela plenamente en Jesús, adoptamos ante Él posturas erróneas. Pero cuando nos acercamos a Su verdadera imagen, todo cambia.

Elías escuchó un susurro y, al oírlo, salió a la entrada de la gruta, se puso en pie ante Dios. Lo mismo nosotros: cuando nos damos cuenta de que Dios no es temible, no se impone por la fuerza, sino que se manifiesta en el susurro de la vida cotidiana, también nos sentimos movidos a acercarnos a su presencia, a ponernos en pie o de rodillas ante Él, no con miedo, sino con respeto y confianza.

Y en el Evangelio, al escuchar a Jesús diciéndoles: ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!, al ver que Jesús impedía que Pedro se hundiese y que amainó el viento, se postraron ante Él diciendo: Realmente eres Hijo de Dios. También nosotros, cuando de verdad escuchamos la Palabra del Señor, cuando experimentamos que Él continuamente extiende su mano hacia nosotros para que no nos hundamos, cuando comprobamos que con Él hacemos frente a los vientos contrarios, también nos sentimos movidos a postrarnos ante Él, no por humillación ni servilismo, sino como expresión de nuestro agradecimiento y del reconocimiento de su divinidad. Es verdaderamente el Hijo de Dios.

ACTUAR:

Hoy debemos preguntarnos: ¿Qué imagen tengo de Dios? ¿Qué postura adopto ante Él, interior y exteriormente? ¿Siento su presencia en el susurro de lo cotidiano? ¿Qué me cuesta más aceptar de Jesús como verdadero Dios y verdadero hombre? ¿Qué siento al escuchar a Jesús decirme: ¡Ánimo, soy yo, no tengas miedo!? ¿Y qué respondo cuando me pregunta: ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado??

Ahora, en la celebración de la Eucaristía, el Señor va a pasar, y nosotros, como Elías, nos ponemos en su presencia. Las diferentes posturas corporales de la celebración (de pie, sentados, arrodillados, inclinados…) deben ser expresión no de temor ni servilismo, sino de respeto y agradecimiento, porque como los discípulos de la barca, aun en medio de las olas y los vientos contrarios de la vida, sabemos que su presencia entre nosotros es real, porque verdaderamente es el Hijo de Dios.

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