Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilia del domingo XIV del TO-A

La alegría de la fe

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VER:
Desde que el Papa Francisco publicó su exhortación apostólica “La alegría del Evangelio”, la palabra “alegría” ha aparecido en el lema de multitud de encuentros, charlas, asambleas, actividades pastorales… Se habla mucho de “estar alegres” por ser cristianos, de transmitir esa alegría… pero no faltan personas a quienes tanta “alegría” les provoca cierto rechazo, porque ante sus situaciones personales, o el ambiente social en general (paro, crisis, desahucio…) les resulta muy difícil estar alegres o, simplemente hablar de “alegría”, por muy cristianos que sean.
JUZGAR:
En este sentido, el Papa dice: Pero reconozco que la alegría no se vive del mismo modo en todas las etapas y circunstancias de la vida, a veces muy duras… Comprendo a las personas que tienden a la tristeza por las graves dificultades que tienen que sufrir, pero poco a poco hay que permitir que la alegría de la fe comience a despertarse, como una secreta pero firme confianza, aun en medio de las peores angustias (6).
Y la Palabra de Dios en este domingo nos ayuda precisamente a eso, a que la alegría de la fe comience a despertarse. Así, en la 1ª lectura hemos escuchado: Alégrate, hija de Sión, canta, hija de Jerusalén. Y en el Evangelio, hemos escuchado a Jesús diciendo con júbilo: Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra. ¿Cuál es el motivo de esta alegría? El motivo resulta paradójico. En la 1ª lectura: mira a tu rey que viene a ti… modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica. Y en el Evangelio: porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla. La alegría no brota porque no haya problemas, porque seamos fuertes y poderosos.
Siguiendo con lo que dice el Papa, una de las razones para que se despierte en nosotros la alegría de la fe, como una secreta pero firme confianza, aun en medio de las peores angustias, es la certeza de que Dios se revela principalmente a la gente sencilla: los pobres en el espíritu, los que lloran, los sufridos, los que tienen hambre y sed de la justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos por ser justos (cfr. Mt 5, 1-10). Es decir, la alegría de la fe se despierta cuando hacemos vida el Evangelio, y las Bienaventuranzas son el programa de vida que debemos seguir para lograrlo.
Pero sobre todo, la razón para que se despierte en nosotros la alegría de la fe, como una secreta pero firme confianza aun en medio de las peores angustias, la hemos escuchado en la 2ª lectura: el Espíritu de Dios habita en vosotros. Éste es el fundamento y la fuente de la alegría de la fe aun en medio de las peores angustias, la presencia del Espíritu Santo que hemos recibido en nuestro Bautismo y Confirmación: Tenemos un tesoro de vida y de amor que es lo que no puede engañar, el mensaje que no puede manipular ni desilusionar. Es una respuesta que cae en lo más hondo del ser humano y que puede sostenerlo y elevarlo. Es la verdad que no pasa de moda porque es capaz de penetrar allí donde nada más puede llegar. Nuestra tristeza infinita sólo se cura con un infinito amor (265).
Y el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rm 5, 5). Como dice el Papa: Él envía su Espíritu a nuestros corazones para hacernos sus hijos, para transformarnos y para volvernos capaces de responder con nuestra vida a ese amor (112). Y nuestra respuesta de amor con nuestra vida es seguir el camino de las Bienaventuranzas.
ACTUAR:
¿Qué siento al escuchar lo referente a “la alegría de la fe” o “la alegría del Evangelio”? ¿Siento yo esa alegría? ¿Por qué? ¿Cuáles son mis motivos de alegría? ¿Qué significa para mí estar habitado por el Espíritu Santo, cómo influye en mi vida? ¿Son las Bienaventuranzas mi programa de vida?
Es cierto que son muchas las razones para la tristeza, pero para eso Cristo se hizo hombre, padeció, murió en la cruz, resucitó y nos dio su mismo Espíritu, y en la Eucaristía hacemos este memorial. Fuertes con la fuerza de la Eucaristía, tengamos presentes estas palabras del Papa para que la alegría de la fe se despierte en nosotros: Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque «nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor». Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos (3).

 

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