Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía del Viernes Santo – A

Tradiciones humanas y Tradición Apostólica (3)

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VER:
Desde el Domingo de Ramos estamos reflexionando que, además de los Oficios propios de estos días, la Semana Santa conlleva también una serie de tradiciones, a las que a menudo se les da más importancia que a las celebraciones litúrgicas. Por eso es importante distinguir entre “tradiciones humanas”, que son las costumbres conservadas en un pueblo y que se han transmitido de padres a hijos, y la “Tradición Apostólica” (del latín tradere: transmitir), que como dice el Catecismo es la transmisión del mensaje de Cristo llevada a cabo por la predicación, el testimonio, las instituciones, el culto y los escritos inspirados, y que se realiza de dos modos: con la transmisión viva de la Palabra de Dios y con la Sagrada Escritura. Lo que da sentido y contenido a la Semana Santa no son las tradiciones humanas, sino la Tradición Apostólica que hemos recibido.
JUZGAR:
El Viernes Santo tiene también sus tradiciones humanas: además de algunos platos típicos de este día, aún queda la costumbre de “visitar los Monumentos” de las parroquias vecinas (a veces para comparar unos con otros), y también asistir como público a un Via Crucis o una procesión… Este día, al ser festivo, es aprovechado por muchas personas para salir de viaje o dirigirse a chalets y apartamentos. Los Oficios registran una asistencia notablemente inferior a la del Jueves Santo.
Pero la Tradición Apostólica, en este día, nos ha transmitido el relato de la Pasión según san Juan, y dentro de ella, la escena de María al pie de la Cruz.
La Tradición Apostólica nos invita hoy a contemplar la Cruz. El misterio de la cruz es tan grande, que nunca lo agotaremos. La cruz que está hecha de diferentes materiales: unas veces, el material es la maldad humana: calumnias, burlas, desprecio, humillaciones…; otras veces, la cruz está formada por una enfermedad, por un conflicto en el matrimonio, por ser pobres, por no tener trabajo, por ser consecuentes con la fe, por cumplir con nuestro deber… por muchas causas. Lo cierto es que la cruz, sola, es insufrible y temible, pero la Cruz, con Cristo, cambia completamente. Cristo es el único que puede dar sentido a la cruz, a la suya y a la nuestra, a todas.
Por eso la Tradición Apostólica, además de invitarnos a contemplar la Cruz, también nos ha transmitido lo que hemos escuchado en la 2ª lectura: Mantengamos firmes la fe que profesamos. Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo, igual que nosotros, excepto en el pecado. Acerquémonos, por tanto, confiadamente…
Ante la cruz, propia o ajena, lo primero que tenemos que hacer es, como María, ponernos junto a ella, mantenernos firmes en la fe que profesamos como María se mantuvo firme a pesar de su dolor. Y estando junto a la cruz, descubriremos que en la Cruz está Jesús: en cualquier cruz, en todas las cruces. Y desde ahí, crucificado con nosotros, Él nos ama, nos sigue amando. Aunque estemos sufriendo la cruz, acerquémonos, por tanto, confiadamente. Por eso, después nos acercaremos a la Cruz y la veneraremos, no para exaltar el dolor o el sufrimiento, sino porque Cristo, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna.
ACTUAR:
¿Estos días estoy dando más importancia a las tradiciones humanas que a la Tradición Apostólica? Hoy, por ejemplo, ¿soy consciente de todo lo que significa adorar la Cruz, o me quedo en las tradiciones humanas? ¿Junto a qué cruces, propias o ajenas, estoy? ¿Descubro ahí a Jesús?
La Tradición Apostólica nos indica que también nosotros deberemos ser “Marías al pie de la cruz”, y acompañar a otros, que debemos estar junto a muchas cruces como discípulos de Cristo, y acompañar a muchos crucificados testimoniando que Él ama desde la cruz, y que a Él debemos acercarnos confiadamente.
Como dijo el Papa Francisco en la encíclica Lumen Fidei, que María, a la que hoy contemplamos al pie de la Cruz, y que fue la primera y mejor testigo de Cristo, nos ayude a fiarnos plenamente de él, a creer en su amor, sobre todo en los momentos de tribulación y de cruz, cuando nuestra fe es llamada a crecer y a madurar.

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