Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía del domingo V de Cuaresma – A

¿Crees esto?

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En menos de dos semanas recibí varias noticias de fallecimiento de personas de menos de 40 años, por causas diversas: una esposa y madre de familia, un sacerdote, una persona con problemas económicos… Aunque “sabemos” que un día u otro moriremos, no es algo en lo que pensamos habitualmente, y cuando se producen este tipo de muertes parece que la dura realidad nos golpea y nos deja sin palabras. Más aún, nuestra misma fe es golpeada, y surgen preguntas: ¿Por qué a estas personas? ¿Por qué en esas circunstancias? Y no encontramos respuesta adecuada a estas preguntas, la fe nos lleva a guardar silencio, a llorar la pérdida, con la impresión de no entender nada, y de que el misterio de la muerte nos rodea con su oscuridad.
JUZGAR:
Hasta el mismo Jesús, en el Evangelio que hemos escuchado, parece actuar como cualquiera de nosotros. Parece que sólo le queda llorar: viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, sollozó y muy conmovido preguntó: ¿Dónde lo habéis enterrado?… Jesús se echó a llorar… Jesús, sollozando de nuevo, llegó hasta la tumba… Parece que da la razón a quienes dijeron: Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?, como si ya no hubiera nada que hacer porque la muerte es el final de todo.
Sin embargo, como diremos después en el prefacio: hombre mortal como nosotros lloró a su amigo Lázaro; pero Dios y Señor de la vida, lo levantó del sepulcro. Por eso Jesús había dicho al enterarse de que Lázaro había caído enfermo: Esta enfermedad no acabará en muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el hijo de Dios sea glorificado en ella.
Jesús es el cumplimiento de la promesa que Dios había hecho por boca del profeta Ezequiel y que hemos escuchado en la 1ª lectura: Yo mismo abriré vuestros sepulcros y os haré salir de vuestros sepulcros… os infundiré mi espíritu y viviréis. Y por eso realiza el signo de la resurrección de Lázaro, para que crean.
Y esa promesa se sigue cumpliendo, como también diremos en el Prefacio: hoy extiende su compasión a todos los hombres y por medio de sus sacramentos los restaura a una vida nueva.
Como dice el Compendio del Catecismo (146): Por medio de los sacramentos, Cristo comunica su Espíritu a los miembros de su Cuerpo. (224) los sacramentos son signos sensibles y eficaces de la gracia, instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia, a través de los cuales se nos otorga la vida divina (232) En los sacramentos la Iglesia recibe ya un anticipo de la vida eterna.
Y lo hace en los sacramentos de la iniciación cristiana (Bautismo, Confirmación y Eucaristía), en los sacramentos de curación (Penitencia y Unción de Enfermos) y al servicio de la comunión y la misión (Orden y Matrimonio). Los sacramentos de Iniciación ponen los fundamentos de la vida cristiana, pero (295) Cristo… instituyó los sacramentos de la Penitencia y de la Unción de Enfermos, porque la vida nueva que nos fue dada por Él en los sacramentos de la iniciación cristiana puede debilitarse y perderse a causa del pecado. Así es como nos restaura a una vida nueva, porque se cumple lo que San Pablo ha dicho en la 2ª lectura: el Espíritu de Dios habita en vosotros.
Y así es como la oscuridad de la muerte queda iluminada gracias a Cristo: Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.
ACTUAR:
En este quinto Domingo de Cuaresma, Jesús nos lanza la misma pregunta que a Marta: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá, y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto? Una pregunta que nos repite en diversas circunstancias de la vida, y también cada vez que nos vemos enfrentados a la dura realidad de la muerte.
Dejemos que el Señor nos restaure a la vida nueva por medio de sus sacramentos, para que aunque humanamente nos veamos sumergidos en el dolor y las lágrimas, la fe en Cristo Resucitado ilumine esa oscuridad y de nosotros pueda brotar la misma respuesta de Marta: Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.

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