Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía del domingo III de Cuaresma-A

Sedientos de Dios

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VER:

En el libro “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry, el protagonista se encuentra con un vendedor de píldoras perfeccionadas, de las que apagan la sed. Tomando una a la semana, ya no se siente la necesidad de beber. Según el vendedor, supone una gran economía de tiempo… se ahorran cincuenta y tres minutos a la semana. Con su lenguaje simbólico este capítulo nos invita a pensar en una realidad: que los seres humanos somos seres “sedientos”: no del agua física, sino de felicidad y plenitud. Pero al mismo tiempo, nos encontramos con fuerzas e intereses que pretenden “apagar esa sed”, ofreciéndonos “píldoras perfeccionadas” (distracciones, evasiones, consumismo, materialismo…) que bajo el disfraz de “ahorrarnos tiempo” y facilitarnos la vida, en realidad pretenden que no “sintamos la necesidad de beber”, de buscar esa felicidad y plenitud verdaderas.

JUZGAR:

Sin embargo, como dijo el Papa Benedicto XVI en Dios es amor (20): El ser humano es un buscador insaciable de la paz y de la felicidad. Ninguna adquisición de bienes materiales, ninguna situación vital, por satisfactoria que parezca, consigue detener esa búsqueda. Somos peregrinos hacia un destino de plenitud que no encontramos nunca del todo en este mundo.

De ahí que, como indica el Tema 3 del Itinerario de Formación Cristiana para Adultos Ser cristianos en el corazón del mundo, la búsqueda de la felicidad es una huella indeleble de Dios en la persona humana y se manifiesta como «sed de Dios». El dinamismo del espíritu humano es un caminar incesante hacia el Absoluto: hacia el Bien y la Belleza absolutos, hacia la Verdad absoluta, hacia la absoluta Felicidad, hacia la Comunión de amor plena… que sólo es realmente plena si es comunión en Dios y con Dios. Somos seres “sedientos” y ninguna “píldora” podrá apagar esa sed; más aún, sólo Dios puede saciar nuestra sed, aunque no lo queramos aceptar o reconocer.

Por eso, aunque un hombre o una mujer puede olvidar o rechazar a Dios o prescindir de Él, Dios no cesa de llamar a todo ser humano y de buscarle… Pero esta búsqueda exige de toda persona el esfuerzo de su inteligencia, la rectitud de su voluntad, un corazón recto, y también el testimonio de otros que le enseñen a buscar a Dios.

Y eso es lo que hemos encontrado en el Evangelio que hoy hemos proclamado. Jesús, Dios con nosotros, se dejó encontrar con la mujer samaritana, la llamó y buscó; ella, aunque aparentemente estaba satisfecha con su vida, no rechazó esa llamada, entró en diálogo con Él con un corazón recto, sin ocultarle su propia realidad… Y Jesús le hizo ver que en realidad estaba sedienta: Señor, dame esa agua; así no tendré más sed. Y tras el encuentro con Jesús, ella se convirtió en testigo para la gente de su pueblo: Venid a ver… Y facilitó que también ellos se descubrieran sedientos (le rogaban que se quedara con ellos) y creyeran en Él: Ya no creemos por lo que tú nos dices, nosotros mismos lo hemos oídos y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.

Hoy, Jesús también se ha hecho el encontradizo con nosotros, nos llama y nos busca. Nosotros, como la samaritana, debemos dejarnos encontrar y cuestionar por Él, siendo sinceros como ella lo fue para que Él pueda darnos agua viva. En el prefacio diremos que Jesús, si quiso estar sediento de la fe de aquella mujer, fue para encender en ella el fuego del amor divino. Hoy Jesús también está sediento de nuestra fe para encender en nosotros ese mismo amor que ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado, en el Bautismo y la Confirmación.

ACTUAR:

¿Soy una persona “sedienta”? ¿De qué “tengo sed”? ¿Cómo procuro apagar esa sed, buscando “la fuente” o con “píldoras” que no me hagan pensar y reflexionar? ¿Me dejo encontrar por el Señor, soy sincero con Él? ¿Quiero de verdad el agua viva que Él nos da? ¿Qué testimonio de fe doy?

No nos dejemos despistar. Aprovechemos la Cuaresma para dejarnos encontrar por Jesús, sintámonos sedientos de Dios, porque toda persona ha sido creada por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el ser humano la verdad y la dicha que no cesa de buscar, el Amor que sacia toda sed. Como dijo San Agustín: nos creaste para Ti y nuestro corazón andará siempre inquieto mientras no descanse en Ti(Confesiones, I.1).

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