¿No sirve de nada?
VER:
Un amigo me contaba como es su barrio tienen problemas con algunos grupos que se dedican a organizar escándalos y a ensuciar la calle, destrozar el mobiliario urbano y romper las plantas. Los vecinos llevan tiempo sufriendo esta situación. (Aquí nos pasa lo mismo). Hace unos meses fue a vivir allí, y que decidió presentar un escrito al Ayuntamiento denunciando estos hechos, y me contaba que le costaba que la gente firmase el escrito, unos porque les daba miedo dar la cara y otros porque le decían: “¿Para qué? Si no sirve de nada, si todo seguirá igual…”. Es cierto que a veces los trámites son engorrosos y suponen bastantes quebraderos de cabeza, y como los resultados pueden tardar en producirse, se termina desistiendo de continuar con la reclamación porque: “¿Para qué? Si no sirve de nada…”
JUZGAR:
También en la oración caemos en este error. Cuando pedimos algo y no se nos concede, y hay situaciones y problemas que se prolongan en el tiempo, pensamos: “Dios no me hace caso, todo sigue igual… Es que me canso de pedir siempre lo mismo para nada”.
Frente a esta experiencia, Jesús nos responde con el comienzo del Evangelio de hoy, sobre todo en este cambio de época que estamos viviendo, marcado por la crisis no sólo económica. Una crisis global que se está prolongando en el tiempo y que también provoca un “cansancio global”: Jesús, para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola.
Jesús nos provoca con las preguntas finales: Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche? ¿O les dará largas? Jesús nos invita a pensar: por lo que conocemos a Dios, por cómo Él se nos ha revelado en Jesús, ¿de verdad podemos pensar que todas las oraciones que todos los días se elevan a Dios caen en el vacío? ¿De verdad podemos afirmar en serio que “no sirve de nada orar”?
El propio Jesús nos da la respuesta: Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero nos cuesta aceptar lo que apuntábamos hace unos domingos: hay que dejar a Dios ser Dios, y sus tiempos no son los nuestros, y debemos aprender a esperar que “a su tiempo”, llegará la acción de Dios.
Por eso Jesús vuelve a provocarnos y a cuestionarnos: Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra? necesitamos orar sin desanimarnos, con esa fe de la viuda de la parábola, con esa fe insistente y casi haciéndonos “pesados” ante Dios.
Y para no desanimarnos en la oración, hoy se nos indican dos instrumentos.
El primero es la Sagrada Escritura, como hemos escuchado en la 2ª lectura: ella puede darte la sabiduría que por la fe en Cristo Jesús conduce a la salvación. Orar con la Sagrada Escritura nos da un mayor y más profundo conocimiento de Dios, nos enseña a saber entender los ritmos y tiempos de Dios, nos enseña a “dejarle ser Dios”.
El segundo instrumento es la oración en comunidad, como hemos escuchado en la 1ª lectura. Ante la batalla que se avecina, Moisés, Aarón y Jur subieron a la cima del monte, para orar por su pueblo. Mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israel, y cuando le llega el cansancio (le pesaban las manos), no se siente solo, tiene a Aarón y Jur, que le sostenían los brazos, uno a cada lado. También nosotros debemos sostenernos unos a otros en la oración para no desanimarnos. Como dice un himno de la Liturgia de las Horas: No vengo a la soledad cuando vengo a la oración, pues sé que estando contigo, con mis hermanos estoy (Laudes Sábado Semana II). Nos debemos ayudar unos a otros a orar con fe, en esa oración insistente, con la certeza de que Dios no nos dará largas.
ACTUAR:
¿He pensado alguna vez que “Dios no me hace caso”, “no sirve de nada orar”? ¿Cómo lo superé? ¿Qué recursos o instrumentos utilizo para la oración? ¿Sé utilizar la Sagrada Escritura? ¿Oro en comunidad, me siento en comunión con otros, me siento apoyado y que les apoyo en la oración?
La Eucaristía es el gran momento en el que, como Moisés, en medio de las “batallas y luchas” de la vida, como comunidad parroquial alzamos nuestras manos hacia el Padre para presentarle nuestras peticiones. En Cristo Eucaristía Él acoge nuestra oración, y por eso nosotros debemos continuar orando juntos sin desanimarnos, sabiendo que, por Cristo, el Padre no nos va a dar largas, de modo que cuando venga el Hijo del Hombre encuentre esta fe en la tierra.