Ni quietecitos ni callados
VER:
En la Oración de los Fieles de la Misa Común de Mártires se hace una petición Por los que ocultan su condición de creyentes por temor a la incomprensión o al ridículo: para que el ejemplo admirable de los mártires los estimule y aliente. Y ésta es una experiencia que todos, en alguna ocasión, hemos vivido: cuando nos hemos encontrado en situaciones, conversaciones o ambientes contrarios a nuestra fe, hemos optado por callarnos para no crear o buscarnos problemas. Se produce lo que indica el documento Ser y Misión de la Acción Católica General, del que vamos a citar unos párrafos: el mensaje cristiano se reduce a aquello que sabemos que no va a crear un roce con el contexto cultural actual. Algunos cristianos omiten elementos fundamentales de la fe para no entrar en desacuerdo con los no creyentes. Pero esto tiene unas consecuencias:Aunque aparentemente pueda parecer que se establece una relación más cordial, en realidad estamos ante una renuncia por parte de los cristianos de anunciar el mensaje íntegro de Jesucristo.
JUZGAR:
Desde siempre, quienes han querido seguir a Dios con fidelidad han tenido que enfrentarse a rechazos más o menos directos, han tenido que sufrir algún tipo de martirio. Lo hemos escuchado en la 1ª lectura: Muera ese Jeremías… lo arrojaron al aljibe… y Jeremías se hundió en el lodo. Hoy siguen siendo muchos los cristianos que sufren y mueren por su fe. En los países del Primer Mundo quizá no sea así, pero también se produce un rechazo más o menos declarado que nos hace sufrir: Nuestra presencia evangelizadora es percibida por sectores de la sociedad como una invasión. Tenemos mala prensa, y si pasamos a la acción, si hacemos lo que nos corresponde por nuestra identidad cristiana, nuestra prensa es todavía peor. Acarreamos un descrédito general de la Iglesia como institución, que en algunos casos se concreta incluso en un cuestionamiento a cada uno de los cristianos. Se nos pide a veces, de forma explícita, que nos estemos quietecitos y callados.
Pero no podemos quedarnos “quietecitos y callados”, por lo que hemos escuchado en la 2ª lectura: Una nube ingente de espectadores nos rodea. Somos herederos y continuadores de quienes han sufrido diferentes martirios por anunciar a Cristo: ¿cómo vamos a quedarnos “quietecitos y callados”?
Es cierto que debemos ser capaces de adecuar el mensaje, buscando medios y formas nuevas de comunicación, pero esto no puede ser a costa de reducir o disfrazar el Evangelio. Porque el Evangelio no es “cómodo”, debe cuestionar, como ha dicho Jesús: He venido a prender fuego en el mundo… ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. Una división siempre dolorosa, a veces entre los más cercanos a nosotros: el padre contra el hijo… la madre contra la hija… Pero que, si queremos ser realmente fieles a Cristo, no vamos a poder evitar ni atenuar.
Precisamente por eso, necesitamos tener fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús; necesitamos tener la certeza de que esa división es por Él y no por nuestro interés o cerrazón, porque le estamos anunciando a Él: Hoy más que nunca debemos situar en el corazón del anuncio la figura de Jesucristo (…) este tiempo requiere redoblar los esfuerzos para que no quede ningún género de duda de que lo que anunciamos con nuestras palabras y testimoniamos con nuestra vida, es a Jesucristo y su Evangelio. Y entonces ya no ocultaremos nuestra condición de creyentes por temor a la incomprensión o al ridículo, porque si Él soportó la cruz, sin miedo a la ignominia, también nosotros, unidos a Él y siguiendo su camino, podremos hacerlo.
ACTUAR:
¿En qué ocasiones y ante quiénes he ocultado u oculto mi condición de creyente? ¿Cómo me afecta esa ocultación? ¿He sufrido o sufro división por mi fe en Cristo? ¿Los demás perciben que a quien anuncio con mis palabras y testimonio con mi vida es a Jesucristo y su Evangelio? ¿Por qué?
Decía la 2ª lectura: corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús. Hagamos vida estas palabras porque de nosotros depende en gran medida que [el Evangelio] sea percibido como «lo de siempre», como algo caduco que no produce la más mínima curiosidad en las personas; o por el contrario, como un tesoro único que ha pasado de generación en generación y que trae la salvación para todos. El testimonio de los apóstoles y de los primeros cristianos nos puede servir de referencia. Su pasión, coraje y ardor por llevar el Evangelio a todo el mundo son un buen punto de partida para reflexionar sobre cómo evangelizar hoy.