Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía del XVII del TO – C

Dejar a Dios ser Dios  

Descargar homilía

VER:

La semana pasada estuvimos hablando de la solidaridad cristiana, y que una de sus características propias era no sólo atender las necesidades sino “sufrirlas con” quien las padece, sentirnos afectados personalmente. Y también decíamos que para vivir la solidaridad cristiana, nosotros no nos anunciamos a nosotros mismos, anunciamos a Cristo. Precisamente porque anunciamos a Cristo, hay una forma de solidaridad cristiana que es la oración de intercesión; todos tenemos experiencia de que alguien nos haya dicho: “Pide por mí…”. El problema surge cuando, desde nuestra perspectiva, Dios “no nos hace caso”: viene el desencanto, cierto enfado, alejamiento… y llegamos a pensar que no merece la pena interceder por otros ni pedir para nosotros.

JUZGAR:

Sin embargo, hoy la Palabra de Dios nos invita a pedir por nosotros, a interceder por otros: Pedid… buscad… llamad… Una petición, una intercesión que es respetuosa pero insistente, como Abrahán en la 1ª lectura: Que no se enfade mi Señor si sigo hablando… Una petición, una intercesión que, manteniendo el respeto y la confianza con Dios, casi son importunas, como el ejemplo del amigo que va a pedir tres panes a otro a medianoche y que hemos escuchado en el Evangelio. Pero en ambos casos, lo que queda claro es que Dios tiene voluntad de hacer el bien. En la 1ª lectura: En atención a los diez no la destruiré; y en el Evangelio: se levantará y le dará cuanto necesite.

Pero el problema surge, como hemos dicho, cuando desde nuestra perspectiva Dios “no nos hace caso”, aunque en nuestra petición e intercesión seamos insistentes y casi importunos, como Él dice. Sabemos que, a pesar de la insistencia de Abrahán, de su intercesión, de “su regateo” con Dios, Sodoma y Gomorra fueron destruidas. Y sabemos por propia experiencia que a veces lo que nosotros pedimos para nosotros o para otros, y que consideramos justo y bueno, no encuentra respuesta. Desde nuestra perspectiva, y siguiendo el Evangelio de hoy, nos parece que “hemos pedido pan y nos ha dado una piedra, hemos pedido un pez y nos ha dado una serpiente, hemos pedido un huevo y nos ha dado un escorpión”.

Pero no tenemos que confundir petición e intercesión con exigencia: pedir es rogar a alguien que dé o haga algo; interceder es hablar en favor de alguien para conseguirle un bien o librarlo de un mal; y exigir es pedir imperiosamente algo. Claro que tenemos que pedir, pero lo primero que debemos pedir es el Espíritu Santo, que nos ayuda a ver nuestra vida, nuestra realidad, la vida y la realidad de otros, no desde nuestra perspectiva sino desde la perspectiva de Dios. Y con la luz y la gracia del Espíritu Santo, presentar nuestras peticiones, nuestra intercesión, pero aprendiendo a “dejar a Dios ser Dios”, aunque no entendamos por qué no nos hace caso en lo que pedimos.

Y para aprender a dejar a Dios ser Dios, Jesús nos ha entregado el Padre nuestro: es una oración de petición, pero que nos sitúa como hijos que se ponen ante su Padre con toda confianza, y le exponen sus necesidades con la certeza de que su Padre sabe lo que debe hacer mejor que ellos.

ACTUAR:

¿Qué suelo pedir en mi oración? ¿Hay personas que me han pedido que interceda por ellas? ¿En mi oración soy insistente, casi importuno, o soy exigente? ¿Cómo reacciono cuando no obtengo lo que pido, para mí o para otros? ¿Sé “dejar a Dios ser Dios”?

Resumamos hoy nuestra oración de petición e intercesión con el Padre nuestro. Pidamos el Espíritu Santo para poder rezarlo con esa confianza de hijos que exponen ante su Padre las necesidades propias y ajenas, y dejémosle “ser Dios”, manteniendo en todo momento la certeza de que, aunque no sepamos cómo ni cuándo, aunque no sea del modo que nosotros consideramos “justo y necesario”, Jesús no nos miente y quien pide recibe, quien busca halla y al que llama se le abre.

Los comentarios están cerrados.