Solidaridad cristiana
VER:
Desde hace tiempo se habla mucho de solidaridad cristiana. Según el diccionario, la solidaridad es la adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros, es decir, es una adhesión vinculada a algún tiempo, lugar, modo… Y en estos tiempos de crisis, ante determinadas circunstancias que están viviendo muchas personas, han surgido múltiples “iniciativas solidarias”, realizadas por personas que intentan hacer frente o al menos paliar algo esas circunstancias negativas.
JUZGAR:
Valorando lo que estas iniciativas suponen, hoy la Palabra de Dios nos invita a reflexionar acerca de la solidaridad cristiana, porque ésa es la solidaridad que nosotros debemos practicar. La solidaridad cristiana no consiste sólo en atender necesidades materiales, ni en hacer por hacer, aunque hagamos mucho, como Marta en el Evangelio, que se multiplicaba para dar abasto con el servicio.
La solidaridad cristiana tiene unas características propias. El Diccionario de Teología Moral, recogiendo el sentido habitual que le damos, indica que la palabra solidaridad suscita en muchos el deseo de contribuir a la acogida y a la promoción del prójimo necesitado de ayuda. Pero amplía el contenido de esa necesidad de ayuda más allá de lo material: la solidaridad recuerda sobre todo la idea de la unidad activa en compartir las situaciones de los demás, en sentirse responsables de cuanto de penoso ocurre a los hermanos, en proyectar y realizar un socorro eficaz.
La solidaridad cristiana, por tanto, conlleva lo que hemos escuchado en la 2ª lectura: Me alegro de sufrir por vosotros: así completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia. No sólo atender las necesidades sino “sufrirlas con” quien las padece, sentirnos afectados personalmente.
Para vivir la solidaridad cristiana, hace falta que seamos “Marías”, la hermana de Marta, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Ésa es la parte mejor de nuestro compromiso por la solidaridad, que nada ni nadie nos debe quitar, porque de lo contrario sólo seremos “Martas”, andaremos inquietos y nerviosos por las circunstancias, y nos olvidaremos de lo necesario, escuchar su Palabra para poder cumplir su voluntad y no caer en el activismo.
Porque como hemos dicho en la Iglesia en repetidas ocasiones, la pobreza más grande es el desconocimiento de Cristo, puesto que este desconocimiento lleva a la persona a la tristeza, a la falta de metas, al egoísmo, a la avaricia y a todo lo que termina destruyendo al propio ser humano. De ahí que la solidaridad cristiana tiene un contenido específico: Cristo es para vosotros la esperanza… Nosotros anunciamos a ese Cristo. Para vivir la solidaridad cristiana, nosotros no nos anunciamos a nosotros mismos, anunciamos a Cristo, y para hacerlo debemos antes “sentarnos a sus pies”.
ACTUAR:
¿Qué entiendo por solidaridad? ¿Colaboro en alguna iniciativa solidaria? ¿Mi colaboración es sólo en temas materiales, o anuncio a Cristo de alguna manera? ¿Me identifico más con Marta o con María? ¿Creo que la pobreza más grande es desconocer a Cristo? ¿Sabía lo que incluye y conlleva la solidaridad cristiana? ¿Cuándo “me siento a los pies del Señor para escuchar su Palabra”?
La participación en la Eucaristía es un ejercicio de solidaridad cristiana; no es algo individual, privado. Como dijo el Papa Benedicto XVI en Sacramentum caritatis (94):El ofrecimiento de nuestra vida, la comunión con toda la comunidad de los creyentes y la solidaridad con cada hombre, son aspectos imprescindibles del culto espiritual, santo y agradable a Dios.
En la oración sobre las ofrendas vamos a pedir que la oblación que ofrece cada uno de nosotros sirva para la salvación de todos. Y esto será posible si, como María, aprendemos a “sentarnos a los pies del Señor para escuchar su Palabra”, si desde esa escucha anunciamos a Cristo y no a nosotros mismos, si estamos dispuestos a sufrir por otros, completando así los dolores de Cristo. Esto es la solidaridad cristiana, ésta es la parte mejor, que nada ni nadie nos podrá quitar.