Acompañar el duelo con y desde la fe
VER:
La mayoría de nosotros, por no decir todos, nos hemos tenido que enfretar con situaciones muy duras ante las cuales nos sentimos impotentes. Una de esas situaciones es la muerte, sobre todo cuando ésta sobreviene de manera especialmente trágica debido a un accidente o a una enfermedad. El funeral suele ser multitudinario, ya que todos quieren acompañar el duelo de los más afectados; y a pesar de haber mucha gente, reina un gran silencio entre los asistentes, porque por una parte la magnitud del hecho nos deja sin palabras, anonadados, y por otra somos conscientes de que nuestras palabras se quedan cortas, no son capaces de expresar lo que sentimos. Y es inevitable que, una vez superado el “golpe”, surjan las preguntas, la protesta, incluso el rechazo a Dios.
JUZGAR:
La Palabra de Dios en este domingo nos presenta dos casos duros: tanto en la 1ª lectura como en el Evangelio relatan el fallecimiento del único hijo de una mujer viuda, con todo lo que eso significa y más aún en aquella época. En el Evangelio hemos escuchado que un gentío considerable de la ciudad la acompañaba. Y en la 1ª lectura hemos escuchado la pregunta, la protesta, el rechazo de la madre: ¿Qué tienes tú que ver conmigo?, ¿has venido a mi casa para avivar el recuerdo de mis culpas y hacer morir a mi hijo? Hasta aquí encontramos bastantes similitudes con casos que hemos vivido. Y también nosotros nos sentiríamos dispuestos a acompañar el duelo, seguramente en silencio.
Pero nosotros, por nuestro bautismo, tenemos una dimensión profética, como indica el Catecismo de la Iglesia Católica (783): Jesucristo es aquél a quien el Padre ha ungido con el Espíritu Santo y lo ha constituido «Sacerdote, Profeta y Rey». Todo el Pueblo de Dios participa de estas tres funciones de Cristo y tiene las responsabilidades de misión y de servicio que se derivan de ellas. Ya el Concilio Vaticano II señalaba en Lumen gentium (35): Cristo… cumple su misión profética hasta la plena manifestación de la gloria, no sólo a través de la jerarquía… sino también por medio de los laicos, a quienes, por ello, constituye en testigos y les ilumina con el sentido de la fe.
Por tanto, todos nosotros tenemos la responsabilidad de ser, como dijo la viuda a Elías, “hombres de Dios”, profetas que, ante situaciones muy duras, acompañen el duelo con y desde la fe. Y la Palabra de Dios nos ofrece indicaciones sobre cómo hacerlo, porque Dios nos capacita para ello.
Lo primero, no echarnos atrás ni mantenernos a distancia: Elías, ante el reproche, no se retira; Jesús, más aún, se acercó al ataúd, lo tocó… Después, es lógico que también nosotros nos hagamos preguntas, como Elías, y debemos dirigirnos a Dios en la oración: Señor, Dios mío, ¿también a esta viuda que me hospeda…? Y esperar que Él nos indique lo que debemos decir o hacer. Porque si queremos acompañar un duelo con y desde la fe, debemos recordar que, como “profetas”, lo que estamos llamados a ofrecer no es nuestra palabra, sino la Palabra de Dios, como decía san Pablo en la 2ª lectura: Os notifico que el Evangelio anunciado por mí no es de origen humano; yo no lo he recibido ni aprendido de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo. Como buenos profetas, tenemos que ponernos a la escucha para dejar que sea Jesucristo quien ponga sus palabras, su Evangelio, su Buena Noticia, en nuestros labios para transmitirla fielmente a quienes están sufriendo y más necesitan escucharla, para que se produzca el “milagro” de que no rechacen a Dios, sino que se sientan acompañados por Él en su dolor, que puedan sentir que Dios ha visitado a su pueblo.
ACTUAR:
¿Qué situaciones especialmente difíciles recuerdo? ¿Qué duelos he tenido que acompañar? ¿Lo hice con y desde la fe? ¿Soy consciente de que por el Bautismo participo de la función profética de Cristo? ¿Me siento responsable de ofrecer el Evangelio que he recibido a quienes más lo necesitan?
No es fácil acompañar el duelo con y desde la fe, pero la realidad del sufrimiento y del dolor es una llamada a cuidar nuestra oración y a formar nuestra dimensión profética. Y aun así, habrá situaciones que nos dejarán anonadados, sin saber qué decir; que, entonces, tengamos presentes las palabas que el Papa Benedicto XVI dijo en su encíclica Dios es amor (31.c): el amor, en su pureza y gratuidad, es el mejor testimonio del Dios en el que creemos… El cristiano sabe cuándo es tiempo de hablar de Dios y cuándo es oportuno callar sobre Él, dejando que hable sólo el amor.