¿Y si se hubiese quedado con nosotros?
VER:
En una reunión de equipo estuvimos comentando qué hubiera ocurrido si Jesús, una vez resucitado, se hubiera quedado para siempre entre nosotros físicamente, tal como se apareció a los discípulos. Las respuestas fueron bastante variadas: “No creerían que realmente había muerto”, “lo tomarían por un «muerto viviente»”, “estaría ligado a un tiempo y lugar concretos”, “tendría que estar dando pruebas constantemente de que era el que habían crucificado”… Se llegó a la conclusión de que su permanencia indefinida no habría posibilitado que las personas creyesen en Él como Hijo de Dios; y se vio también que por eso el plan de salvación de Dios tiene que realizarse “a su estilo”, aunque en determinados momentos nosotros no lo comprendamos.
JUZGAR:
Por eso hoy celebramos la fiesta de la Ascensión, que no es una despedida sino una etapa más de ese plan de salvación, porque no se ha ido para desentenderse de este mundo, sino que ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su reino (Prefacio). Y la segunda lectura del presente Ciclo C nos ayuda a profundizar en el sentido de esta fiesta: Cristo ha entrado… en el mismo cielo, para ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros.
Si se hubiera quedado para siempre físicamente entre nosotros, además de los reparos que se expusieron en la reunión de equipo, ya no habría lugar para la fe y la conversión, puesto que su presencia se impondría a todos: el plan de salvación habría llegado de ese modo a su término.
Pero el propio Jesús nos ha recordado en el Evangelio cuál es el plan de Dios: Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos. La conversión y el perdón se predicará “en su nombre”, serán otros los que lo prediquen, porque Dios no se nos impone: su plan de salvación, aunque se inserta en la historia humana, nunca conlleva una “obligación” de seguirlo; al contrario, Dios quiere que el ser humano sea quien, libremente, acepte integrarse en dicho plan. Por eso Jesús nos dice a sus discípulos de entonces y de hoy: Y vosotros sois testigos de esto.
Como dijo San Agustín: Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti (Sermón 169). Por eso Jesús no se ha quedado para siempre físicamente entre nosotros, sino que su presencia, sin dejar de ser totalmente real, se produce de un modo nuevo: por medio de su Espíritu. Y para que sus discípulos podamos ser testigos de su presencia, nos dice: Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido (Evangelio). Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos (1ª lectura).
La conversión y el perdón de los pecados son predicados por sus discípulos con la fuerza del Espíritu Santo; de este modo, podemos ser testigos de su presencia real en todo tiempo y lugar.
ACTUAR:
¿He pensado alguna vez que “ojalá Jesús se hubiera quedado físicamente entre nosotros”? ¿He reflexionado acerca de las consecuencias de ello? ¿Siento la Ascensión como una “ausencia”, o como una llamada a descubrir su nueva presencia entre nosotros? ¿Descubro su presencia real en la Eucaristía, en su Palabra, en la oración, en la formación, en la vida eclesial, en el prójimo…? ¿Por qué? ¿Soy testigo de su resurrección, he asumido algún compromiso evangelizador, o soy de los que se han quedado plantados mirando al cielo?
Es cierto que no es fácil ser testigos de la resurrección de Cristo, y por eso pensamos: “¿Y si se hubiera quedado?” Pero Él mismo nos capacita con su Espíritu, para ser Testigos de la fe en el mundo, como celebraremos el próximo domingo en la Solemnidad de Pentecostés, Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar. Jesús dijo a sus discípulos: vosotros quedaos en la ciudad hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto. Quizá nosotros necesitemos “quedarnos” un tiempo cuidando nuestra espiritualidad, nuestra formación… para revestirnos de la fuerza del Espíritu y así ser testigos creíbles. Lo importante es no quedarnos plantados mirando al cielo, sino celebrar la Ascensión del Señor como una llamada a crecer y madurar en la fe y que nuestra vida sea nuestro mejor testimonio, como decía la 2ª lectura: Mantengámonos firmes en la esperanza que profesamos, porque es fiel quien hizo la promesa.