Auditoría cuaresmal: Auto-auditoría
VER:
Continuamos ayudándonos, como hilo conductor de la Cuaresma, de la idea de una auditoría. Ya dijimos el Miércoles de Ceniza que lo primero que nos viene a la mente es una auditoría contable, que es una revisión y verificación de las cuentas y de la situación económica de una empresa, organismo, etc., realizada por un experto independiente. Y aunque no seamos expertos, en casa solemos hacer una “auto-auditoría”, una revisión de las cuentas: cuánto hemos gastado y en qué lo hemos gastado… y a menudo esto suele acarrear conflictos, discusiones, enfados, reproches…. Pero nosotros estamos haciendo una auditoría en su sentido amplio de revisión sistemática de una actividad o de una situación para evaluar el cumplimiento de las reglas o criterios objetivos a que aquellas deben someterse, para que el Señor nos ayude a revisar y evaluar el grado de cumplimiento de nuestro ser cristianos. Y si no lo hacemos bien, también generará conflictos, enfados y reproches.
JUZGAR:
En el Evangelio de hoy hemos visto dos ejemplos de “auto-auditorías”. Los dos hijos protagonistas se ponen a “revisar sus cuentas” ante el padre, y llegan a diferentes conclusiones, que dan pie a enfados y reproches. El hijo menor empezó diciendo a su padre: Padre, dame la parte que me toca de la fortuna. Pero después derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Al “tocar fondo”, recapacitando entonces, llegó a una conclusión: Me pondré en camino adonde está mi padre y le diré: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.
El hijo mayor también se pone a “revisar cuentas”, y reprocha al padre: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos. Se siente víctima de un agravio comparativo y acusa al padre: cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado. Y llega también a una conclusión: se indignó y se negaba a entrar.
Pero es el padre, como buen auditor, quien ayuda a que uno y otro tengan “las cuentas claras”. Ante la conclusión a la que había llegado el hijo pequeño, el padre responde: Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies…
Y ante la conclusión a la que llega el hijo mayor, el padre responde: Hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo.
Porque a uno y a otro les hace saber cuál debe ser el único “saldo” de la auto-auditoría que han hecho, cuál es la conclusión a la que el padre, Dios mismo, llega: este hijo mío, este hermano tuyo, estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado… Deberías alegrarte…
ACTUAR:
Si me hiciera ahora una “auto-auditoría”, ¿a qué personaje me parezco más? ¿Soy como el hijo menor, y derrocho lo mucho que Dios me ofrece? ¿Estoy verdaderamente arrepentido, o vuelvo a Él por interés? ¿O soy como el hijo mayor, y pido cuentas a Dios porque “yo hago mucho por Él” y pienso que Él no me responde del mismo modo, y me siento víctima de agravios comparativos?
Pero en esta “auto-auditoría”, para que sea efectiva, debo mirar al Padre para encontrar el verdadero resultado: ¿Pienso a menudo en cuánto me ama? ¿Me siento acogido con amor por Él cuando vuelvo arrepentido? ¿Soy consciente de que a mí también me dice: Hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo? Y sobre todo, ¿me alegro de que el Dios que Jesús nos ha revelado sea este Padre misericordioso? ¿Me alegro de verdad de que ame y trate así a todos sus hijos?
Sigamos dejándonos auditar en este tiempo de Cuaresma: estamos en las manos del Padre y, aunque nosotros embrollemos “las cuentas de nuestra vida” de un modo u otro, siempre tendremos la certeza de que, si recapacitamos y nos ponemos en camino hacia nuestro Padre, Él nos acogerá y volveremos a estar siempre con Él, tendremos la experiencia de que estábamos muertos y hemos revivido, estábamos perdidos y le hemos encontrado.