Entonces, ¿qué hacemos?
VER:
En este tiempo de Adviento seguimos reflexionando acerca de lo que, según una encuesta de un programa religioso de COPE, puede ser la mayor aportación de la Iglesia en este tiempo de crisis, que es testimoniar la esperanza cristiana, más allá de cualquier situación económica. Y el tiempo de Adviento es un tiempo apropiado para ello. Pero debido a la crisis ya empiezan a escucharse comentarios del tipo “no estamos para fiestas”, “no hay ánimos para celebrar nada”… porque desde hace años hemos estado viviendo unas “navidades sin Dios”, basadas en el gasto de dinero, hechas de adornos, luces y regalos, de consumo desaforado, pero en donde lo que da sentido a la Navidad, el nacimiento del Dios hecho hombre para nuestra salvación, no aparece por ningún sitio. Y por eso, si no hay dinero, aparentemente tampoco se puede celebrar la Navidad, ni ganas de ello.
JUZGAR:
Pero la Navidad se acerca, lo queramos celebrar o no. Lo hemos dicho en la oración colecta: Estás viendo, Señor, cómo tu pueblo espera con fe la fiesta del nacimiento de tu Hijo. Y hemos pedido llegar a la Navidad… y poder celebrarla con alegría desbordante. Como la gente que preguntaba a Juan, en el Evangelio, podemos decir: ¿Entonces, qué hacemos? Porque si la Navidad se acerca, ¿no la vamos a celebrar? ¿No tenemos motivos para la fiesta?
Como estamos reflexionando en este Adviento, estamos llamados a testimoniar la esperanza cristiana, más allá de cualquier situación económica, y por eso en este domingo tiene que resonar con mucha fuerza en nosotros la 2ª lectura: Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. Pero no con una alegría “de pandereta”, de consumismo, sino una alegría que brota del corazón porque El Señor está cerca. Él está cerca a pesar de la crisis económica, aunque no nos lo creamos, y ésta es la razón para la celebración. Por eso nada os preocupe… Para celebrar la Navidad, para sentir cerca al Señor, no necesitamos dinero, necesitamos cuidar la oración, como encuentro con el Señor: en toda ocasión, en la oración y súplica con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios.
En toda ocasión. ¿Esto hará que desaparezca la crisis? No. ¿Esto hará que los problemas se solucionen mágicamente? Tampoco. Pero la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones… Y esa paz fruto del encuentro con Dios en la oración repercutirá en toda nuestra vida.
Por eso, sea cual sea nuestra situación, debemos hacer como esas personas de diferentes colectivos que, en el Evangelio, preguntaban a Juan: ¿Qué hacemos nosotros? Y la respuesta que Juan les da es: «El que tenga dos túnicas reparta con el que no tiene ninguna, y el que tiene alimentos que haga igual», «No exijáis nada más de lo que manda la ley», «No intimidéis a nadie, no denunciéis falsamente y contentaos con vuestra paga», es decir: que compartamos con los más necesitados, que no nos aprovechemos de nadie, que no abusemos de los débiles, que no vivamos a costa de otros, que no pensemos tan solo en nuestro bienestar… hacer todo con y desde Dios, cuidando las formas y el detalle, la atención al otro, con actitud de servicio. Esto nos prepara para llegar a la Navidad y poder celebrarla.
ACTUAR:
¿Estoy alegre porque se acerca la Navidad, o no estoy para fiestas? ¿Por qué? ¿Qué significa para mí la afirmación: El Señor está cerca? ¿Presento en toda ocasión mis peticiones a Dios? ¿Siento su paz? ¿Cómo repercute eso en mi vida cotidiana, cómo desempeño mis tareas habituales?
No dejemos de celebrar la Navidad. Como decía Juan: Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo… Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. Viene a nosotros de nuevo el que puede más que todos y todo lo que estamos viviendo en esta época. Estamos invitados a acogerle, Él es la Buena Noticia para toda la humanidad porque como decimos en e Prefacio I de Adviento: al venir por vez primera en la humildad de nuestra carne… nos abrió el camino de la salvación. Éste es el fundamento y la razón para estar siempre alegres en el Señor, y para desear de corazón lo que hemos pedido al comenzar la Eucaristía: llegar a la Navidad, fiesta de gozo y salvación, y poder celebrarla con alegría desbordante.