Por la fe, como María
VER:
El domingo pasado comenzamos el tiempo de Adviento, y dijimos que en el programa “El Espejo”, en la Cadena COPE, hicieron una encuesta. La pregunta era: ¿Cuál puedes ser la mayor aportación de la Iglesia en este tiempo de crisis? Y la respuesta más votada fue: Testimoniar la esperanza cristiana, más allá de cualquier situación económica. En este tiempo de crisis no sólo económica, en el que tanta desesperanza y ansiedad se siente y se vive, los que somos y formamos la Iglesia estamos llamados a dar testimonio de “la esperanza que no defrauda” (cfr. Rm 5, 5). Y el Adviento es un tiempo apropiado para ello, y recién comenzado este tiempo, celebramos la fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen María
JUZGAR:
Contemplar a María nos va a ayudar a testimoniar la esperanza cristiana en este Año de la Fe y en este tiempo de nueva evangelización. Porque ella fue la primera que lo hizo, nada más recibir el anuncio del ángel y durante toda su vida, como nos recuerda el Papa Benedicto XVI en Porta Fidei (13): Por la fe, María acogió la palabra del Ángel y creyó en el anuncio de que sería la Madre de Dios en la obediencia de su entrega (cf. Lc 1, 38). En la visita a Isabel entonó su canto de alabanza al Omnipotente por las maravillas que hace en quienes se encomiendan a Él (cf. Lc 1, 46-55) (…) Con la misma fe siguió al Señor en su predicación y permaneció con él hasta el Calvario (cf. Jn 19, 25-27). Con fe, María saboreó los frutos de la resurrección de Jesús y, guardando todos los recuerdos en su corazón (cf. Lc 2, 19.51), los transmitió a los Doce, reunidos con ella en el Cenáculo para recibir el Espíritu Santo (cf. Hch 1, 14; 2, 1-4).
María en todo momento, bueno o malo, dio testimonio de la esperanza que Dios ofrece al mundo en su Hijo hecho hombre. Como indica el Itinerario Diocesano de Renovación “Seréis mis testigos” (Diócesis de Valencia) en el Ciclo II tema 7: María es dichosa porque tiene fe, porque ha creído, y en esta fe ha acogido en el propio seno al Verbo de Dios para entregarlo al mundo. La alegría que recibe de la Palabra se puede extender ahora a todos los que, en la fe, se dejen transformar por la Palabra de Dios. María testimonia de manera creíble la verdadera esperanza más allá de cualquier situación porque “hace carne” la Palabra, lleva a cabo una escucha activa que interioriza, asimila y en la que la Palabra se convierte en forma de vida.
Por eso, en este Adviento, en este tiempo de nueva evangelización en el que queremos testimoniar la esperanza cristiana más allá de cualquier situación económica, contemplando en la Madre de Dios una existencia totalmente modelada por la Palabra, también nosotros nos sentimos llamados a entrar en el misterio de la fe, con la que Cristo viene a habitar en nuestra vida. Todo cristiano que cree, concibe en cierto sentido y engendra al Verbo de Dios en sí mismo. Y como María, también entonces seremos creíbles de la verdadera esperanza que Cristo nos da, porque todo lo que le sucedió a María puede sucedernos ahora a cualquiera de nosotros en la escucha de la Palabra y en la celebración de los Sacramentos. Todos podemos “encarnar” la Palabra en nuestras vidas y ser así testimonios creíbles de la esperanza cristiana.
Contemplar hoy a María Inmaculada, que por su fe responde: Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra, comprendemos que cuando uno responde amorosamente al requerimiento de Dios, entra ya a formar parte de ese proyecto de comunión que trae la paz y la alegría inconmensurable al corazón del hombre. Y, como María, debemos ser transmisores de esa paz y alegría, porque el mensaje de salvación es en verdad la Buena Noticia que merece ser acogida, creída, vivida y compartida. Es la Buena Noticia que nuestro mundo necesita para no perder la esperanza.
ACTUAR:
En este Adviento apenas iniciado, metidos de lleno en la nueva evangelización en este Año de la Fe, y con la intención de testimoniar la esperanza cristiana más allá de cualquier situación económica, contemplamos a María Inmaculada y su “sí” a Dios, y hacemos nuestras las palabras del mensaje final del Sínodo de los Obispos sobre La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana (14): sentimos resonar en nosotros el mandato de Jesús a sus apóstoles: “Id y haced discípulos de todos los pueblos [….]. Sabed que yo estoy con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19-20). La misión de la Iglesia no se dirige a un territorio en concreto, sino que sale al encuentro de los pliegues más oscuros del corazón de nuestros contemporáneos, para llevarlos al encuentro con Jesús, el Viviente que se hace presente en nuestras comunidades. La figura de María nos orienta en el camino. Este camino, como nos ha dicho Benedicto XVI, podrá parecer una ruta en el desierto; sabemos que tenemos que recorrerlo llevando con nosotros lo esencial: el don del Espíritu Santo, la cercanía de Jesús, la verdad de su Palabra, el pan eucarístico que nos alimenta, la fraternidad de la comunión eclesial y el impulso de la caridad. Es el agua del pozo la que hace florecer el desierto y como en la noche en el desierto las estrellas se hacen más brillantes, así en el cielo de nuestro camino resplandece con vigor la luz de María, la Estrella de la nueva evangelización a quien, confiados, nos encomendamos.